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¿Es posible sentir nostalgia por un lugar donde nunca has estado?

Al poco tiempo de lanzar Suspiros Magazine, tuvimos la oportunidad de realizar un primer gran viaje ya con el horizonte en mente de ver nuestros pasos reflejados en la publicación. Tratándose de una revista online sobre arte, cultura y viajes, nuestro primer destino estuvo siempre claro: Italia. El país mediterráneo representa una fuente de estímulos inagotable para cualquier visitante mínimamente inquieto. Pocos lugares en el mundo pueden presumir de tener una riqueza histórica y cultural de magnitud equiparable. Algunas de sus ciudades, como Florencia o Roma, han sido consideradas durante diferentes etapas de la historia como el centro mismo de Occidente. Lugares en los que se definía la vanguardia de las artes, la ciencia y la técnica de su época para el resto del mundo. Además, los paisajes que conforman Italia, tanto los urbanos como los naturales, parecen sacados de un cuento y su mera admiración ya justifica de por sí el viaje. Y por si todo lo anterior no fuera suficiente, está la gastronomía italiana. Qué decir de ella.

Con el destino elegido, quedaba plantear una ruta concreta. Tres de las grandes ciudades italianas serían indiscutibles en nuestro itinerario por razones de peso: Florencia, Venecia y Roma. Junto a ellas, la visita a un pequeño pueblecito costero de la región de Liguria sería también incuestionable: Tellaro.

Luigi Ghirri

¿Y por qué Tellaro? ¿Qué tiene de especial este lugar? Nada sabíamos de este pequeño pueblo hasta que descubrimos la obra del fotógrafo Luigi Ghirri, considerado en la actualidad como uno de los más grandes exponentes de la fotografía italiana del siglo XX, aunque no muy conocido en España.

Nacido en 1943 en Scandiano, cerca de Reggio Emilia, Luigi Ghirri comenzó a trabajar profesionalmente como fotógrafo en 1970, a sus 27 años. Diez años después, ya era considerado como uno de los más importantes fotógrafos contemporáneos que ha dado Italia. Antes de eso, había trabajado como aparejador y topógrafo, experiencia que tendría después una influencia constante en su trabajo fotográfico, marcando su manera de plantear los encuadres y su pasión, casi obsesiva, por los mapas y otras formas gráficas de representar la realidad.

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Luigi Ghirri, Capri, 1981 ©Eredi Luigi Ghirri

Dos fechas sobresalen del resto en la carrera de Ghirri. En 1978 el italiano presenta Kodachrome, publicado por su propia editorial Punto e Virgola. Un libro que reúne diversas series fotográficas realizadas por Ghirri desde 1970 hasta 1978 y que marca el camino para el desarrollo de la fotografía conceptual contemporánea en Italia. Un año después, en 1979, Ghirri realiza su primera gran exposición Vera Fotografia en el Centro Studi e Archivio della Comunicazione (CSAC) de Parma.

La fotografía de Luigi Ghirri es una equilibrada mezcla entre fotografía documental y poesía visual. A través de sus fotografías, Ghirri intentaba crear un mapa de la realidad, en el que captaba también las propias representaciones humanas de esta realidad: detalles macro de atlas, carteles publicitarios, personas observando estos carteles, parques, libros, gente fotografiando y siendo fotografiada… En sus propias palabras:

No ha sido mi intención hacer fotografías, sino planos, mapas, que sean, al mismo tiempo, fotografías.

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Luigi Ghirri, Salisburgo,1977

La obra fotográfica de Luigi Ghirri constituye un trabajo casi enciclopédico de estas “fracciones” de realidad. Muy influenciado por otras disciplinas artísticas y por el trabajo de artistas conceptuales coetáneos como Franco Vaccari o Claudio Parmiggiani. Pero también por los fotógrafos americanos de la corriente New Topographics, como Lewis Baltz, Robert Adams, Stephen Shore o William Eggleston.

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Luigi Ghirri, Ile Rousse,1976. ©Eredi Luigi Ghirri

En lo formal, las imágenes de Ghirri son sencillas, directas, pero también misteriosas y melancólicas. Destacaron en su época por el uso del color, hasta entonces descartado para la fotografía artística en Europa, que se abordaba siempre en blanco y negro. Algo que no parecía importarle demasiado a Ghirri, quien prefería el uso de la película de color, en particular de la hoy desaparecida Kodachrome, armándose de la sencilla explicación de que “el mundo es en color”. También fue novedosa la utilización por parte de Ghirri de cámaras de “aficionado”, como máquinas Polaroid o una pequeña Canon de 35 mm. Aunque también trabajó el formato medio y el gran formato. Sus fotos presentan composiciones elegantes y minimalistas. Fotografías con una tendencia recurrente a la sobrexposición y a los tonos pastel.

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Luigi Ghirri, Versailles, 1985. ©Eredi Luigi Ghirri

Para nosotros, lo principal en la fotografía de Luigi Ghirri es su habilidad para crear imágenes evocadoras y misteriosas, a veces casi surrealistas, partiendo de la mera realidad. Fotografías que invitan automáticamente a la imaginación, a crear historias que se vean ilustradas por esas imágenes. O que despiertan sentimientos y emociones casi de manera instantánea. Eso mismo nos sucedió al descubrir por primera vez estas dos fotografías de Ghirri.

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Luigi Ghirri, Tellaro, 1980-1981. ©Eredi Luigi Ghirri
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Luigi Ghirri, Tellaro, 1980. ©Eredi Luigi Ghirri

Estas dos fotografías, de las que poco más sabíamos aparte de que fueron tomadas por Luigi Ghirri en 1980 en un lugar llamado Tellaro, fueron suficientes para inspirarnos a visitar su localización. De modo que hicimos las investigaciones oportunas y organizamos nuestro viaje por Italia de manera que pudiésemos pasar una noche en el pueblo, con la intención de conocerlo y de tratar de encontrar los puntos exactos en los que Ghirri realizó las capturas.

Tellaro

A Tellaro llegamos más o menos en el ecuador de nuestro viaje, después de visitar algunos de los principales pueblos de la Toscana, Siena, Florencia o Pisa. También después de visitar algunos de los municipios que componen la ruta de Cinque Terre. Lugares, estos últimos, objetivamente bellos, pero con un turismo tan masificado que uno tiene la sensación de estar visitando un parque temático. Aún así, el listón estaba alto, pero de Tellaro esperábamos otro tipo de experiencias. Y las encontramos.

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Tellaro se encuentra en la región de Liguria y pertenece a la Comuna de Lerici. Enclavado en el extremo este del Golfo de La Spezia, conocido también como Golfo de los Poetas por ser lugar de inspiración para autores como Percy Bysshe Shelley o Lord Byron, Tellaro es, literalmente, una pequeña aldea que cuelga de un acantilado. En tiempos más recientes, Tellaro ha sido también la casa de numerosos artistas e intelectuales atraídos por la tranquilidad del entorno. Entre ellos, quizá el más conocido sea el director de cine, escritor y periodista Mario Soldati. Entre la Costa Azul francesa y la Toscana italiana encontramos este pequeño pueblecito de pescadores, cuya población supera en la actualidad los 500 habitantes.

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La historia de Tellaro se remonta hasta la Edad Media, cuando fue fundado en el siglo XIV. Por aquel entonces, Tellaro era un asentamiento defensivo que se construyó para alertar a las aldeas vecinas de la frecuente llegada de ataques de piratas. Principalmente para proteger la ciudad de Barbazano, el centro de comercio más importante de la región y de gran riqueza gracias a la compraventa de aceite de oliva. No en vano, la aldea fue arrasada por completo por piratas sarracenos en torno al año 1400. Abandonado años después, Tellaro fue reconstruido en 1564.

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La historia de la fundación de Tellaro tiene mucho que ver con una de las leyendas más famosas del pueblo, un mito por el que la aldea es conocida en toda Italia. Cuenta esta leyenda que en torno al año 1660, piratas sarracenos comandados por un tal Gallo d’Arenzano se disponían a atacar Tellaro. En caso de ataque, el pueblo contaba con un protocolo de defensa para repeler a los piratas: un vigía apostado en el campanario de la Iglesia de San Giorgio haría sonar las campanas, señal de que Tellaro y las aldeas vecinas debían prepararse para la defensa. Pero los de Arenzano eligieron una noche en la que la mar estaba especialmente brava, con niebla y tormenta, para lanzar su acometida. Con estas condiciones, el vigía que estaba de guardia en Tellaro consideró el ataque altamente improbable y se durmió. Los piratas iniciaron la invasión, pero justo antes de llegar a tierra las campanas de la iglesia sonaron y los habitantes de Tellaro pudieron prepararse a tiempo para rechazar el ataque sarraceno. Después de la batalla y tras saber que el guardián se había quedado dormido, los ciudadanos del pueblo se preguntaron quién había hecho sonar las campanas para alertarles de la llegada de los piratas. Cuando fueron a revisar el campanario encontraron a un pulpo gigante enredado en las cuerdas de las campanas: el cefalópodo había salido del mar, se las había arreglado para escalar la torre de la iglesia de San Giorgio y había conseguido tañer las campanas enérgicamente para avisar al pueblo de la inminente invasión. Suponemos que por aquel entonces en Tellaro no habían oído hablar aún de Guillermo de Ockham.

Reales o no, los hechos que cuenta la leyenda se han incorporado actualmente a la historia e identidad de Tellaro. El pulpo protector es hoy en día el símbolo del municipio y sus habitantes le rinden homenaje cada segundo domingo de agosto celebrando la Sagra del Polpo, el Festival del Pulpo de Tellaro. Una fiesta en la que el pulpo es el ingrediente estrella en todas las mesas (no sabemos cómo se tomaría el pulpo este honor).

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Otro de los grandes acontecimientos folclóricos que dan fama nacional a Tellaro es la celebración de la llamada Natale Subacqueo o Navidad Submarina, un ritual en el que se celebra el nacimiento de Cristo recreando un nacimiento marino en la noche de Nochebuena. Durante el acto, una figura del Niño Jesús emerge del mar dentro de una concha de molusco gigante, que es porteada por varios buzos. Ya en tierra, la figura es llevada a la iglesia de Tellaro y depositada en un pesebre. Al evento asisten cada año unos 8.000 vecinos de los pueblos cercanos de la región, portando velas que iluminan la noche de Tellaro. El acto termina con un espectáculo de fuegos artificiales que celebra el nacimiento. Sin duda una escena que bien podría estar contenida en una película de Fellini.

Nuestro viaje a Tellaro

Durante nuestra breve estancia en Tellaro no tuvimos la suerte de presenciar de ninguna de estas celebraciones, pero tampoco fue necesario para disfrutar plenamente del lugar. Íbamos tras las huellas de Ghirri.

El acceso a Tellaro es complicado. El ferrocarril que une diferentes pueblos de la costa de Liguria no llega hasta Tellaro y puede que esta sea la clave para que la aldea cuente aún con un encanto especial que echamos de menos en nuestra visita a Cinque Terre. Llegamos en coche circulando por una retorcida carretera. Retorcida como para marchar a 30 km/h. Una vez en destino, nos olvidamos del coche. El pueblo es lo suficientemente pequeño como para perderte en él siempre andando, el aparcamiento está reservado para los lugareños y la mayoría de las calles son solo transitables a pie. Para llegar a Tellaro es mejor dejar el coche en alguna localidad cercana con menos restricciones para el tráfico rodado y viajar desde allí en autobús. O en todo caso, preguntar si nuestro alojamiento cuenta con un espacio de aparcamiento privado. Hicimos esto último.

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Ya a pie, comenzamos a recorrer las calles del pueblo: calles estrechas y empinadas, formadas por edificios de una belleza decadente, que se han repartido por el terreno como bien les ha dejado el caprichoso relieve de la zona. Las fachadas de las casas son coloridas, de tonos desgastados por el efecto del sol, la humedad y el salitre. Una belleza que nos acompaña durante todo nuestro viaje por Italia, pero que en Tellaro se une al encanto particular típico de los pueblos de pescadores.

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Descendemos hacia el mar, al que perdemos de vista en numerosas ocasiones según nos vamos adentrando por callejuelas cada vez más estrechas. No podemos ver el mar, pero nunca dejamos de oírlo ni de olerlo. La sensación de tranquilidad es absoluta. Por primera vez en Italia no hay más turistas a nuestro alrededor. Según continuamos nuestro paseo, podemos ver casas con las puertas abiertas. Incluso escuchamos a alguien roncar al otro lado de una ventana entreabierta. Y de fondo, las olas.

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En un momento del paseo, por casualidad, reconocemos una de las barandillas del camino empedrado que fotografió Ghirri en 1980. Decidimos bajar hasta allí para intentar localizar el punto exacto de la toma, pero en Tellaro no hay caminos directos y nos perdemos. Solo sabemos que hay que seguir bajando hacia el mar. Continuamos hasta que encontramos la puerta abierta de lo que parece ser una iglesia. Efectivamente, se trata de la famosa iglesia de San Giorgio, en honor al santo que venció al dragón y patrón de Tellaro. La misma iglesia hasta cuyo campanario escaló el pulpo según la leyenda local y el edificio más reconocible de Tellaro. Entramos en su interior. Construida entre 1564 y 1584, y remodelada en múltiples ocasiones desde entonces, la iglesia está vacía. Encontramos algunos materiales y herramientas que muestran que se está llevando a cabo algún tipo de restauración en el interior, pero de momento, las paredes están destartaladas. El interior lo conforman 3 naves sostenidas por columnas de la roca negra típica de la región. El aspecto de la iglesia es modesto, pero bello. Nada que ver con las impresionantes iglesias que encontramos en Florencia, Siena, Arezzo o Perugia. Aún así, encontramos mármol blanco de Carrara en el portal de la iglesia y un suelo adoquinado de mármol gris y blanco a lo largo de todo el edificio. La sensación de paz en el interior de la iglesia es total. La atmósfera que crea el sonido de las olas golpeando las rocas al otro lado del muro de la iglesia, junto con los últimos rayos de sol de la tarde filtrándose por las pequeñas ventanas de la cúpula central es sobrecogedora. Pero decidimos continuar el camino hacia el paseo junto al mar para localizar la postal de Ghirri.

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Un poco más abajo, las estrechas calles se abren y llegamos hasta un plaza desde la que se puede contemplar un pequeño puerto. Entre las rocas, varias decenas de bañistas disfrutan en silencio del atardecer, del sol y del mar. De fondo, los edificios de colores forman un mosaico que asciende un par de cientos de metros hasta desaparecer entre la vegetación de la montaña. Localizamos el inicio del paseo empedrado y comenzamos a recorrerlo, bordeando la fachada de la iglesia de San Giorgio. Continuamos el camino durante unos minutos, dejando los edificios a nuestra izquierda y algunos bañistas desperdigados entre las rocas a la derecha. Más allá del mar, la silueta de las islas de Palmaria, Tino y Tinetto, prolongación geográfica del cabo de Portovenere.

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Finalmente, reconocemos en el paseo el punto exacto donde Luigi Ghirri tomó nuestra fotografía fetiche. La barandilla parece haber sido renovada en algún momento del tiempo. las rocas se mantienen casi igual que en la fotografía, aunque eso sí, cubiertas por la vegetación. Todo son pequeños cambios asumibles teniendo en cuenta que han pasado 38 años desde que Ghirri disparara aquí su cámara hasta que nosotros hemos venido a emularle. Pero hay algo intolerable que nos irrita profundamente. Algún iluminado ha decidido plantar una horrible papelera justo en este punto del paseo. Nuestro sueño de capturar la misma imagen que Luigi Ghirri ya no tiene sentido. Aún así, colocamos el trípode y lo intentamos sin mucha convicción. No vamos a permitir que el responsable del mobiliario urbano de la Comuna de Lerici arruine nuestros sueños.

Después de un rato intentándolo y tras varias tomas fallidas abandonamos. El cubo de basura ya no es el problema. El problema ahora es la luz (como siempre). La caída del sol ha avanzado bastante y los rayos de luz oblicuos proyectan en el suelo una sombra demasiado marcada, por lo que decidimos dejarlo para el día siguiente.

A la mañana siguiente nos levantamos alrededor de las 06:00 para intentar disponer de todos los tipos de luz posibles para reproducir la fotografía de Ghirri. El día está nublado y de camino al paseo empedrado caen algunas gotas de lluvia. Cunde el pánico: nos quedamos sin foto. Aceleramos la marcha y en unos minutos llegamos a la localización. Colocamos el trípode y comenzamos a disparar. La luz es perfecta. Incluso la papelera nos parece ahora algo más bonita que el día anterior. Descartada la posibilidad de reproducir la misma fotografía que ya hizo Luigi Ghirri, nos seduce más la idea de documentar el paso del tiempo, los cambios que se han producido dentro del encuadre. Los artefactos en el paisaje que retrataba incansablemente Ghirri. La vegetación y la papelera tienen ahora mucho más sentido. El mar está calmado en el fondo y no hay barcos a la vista. Todo es perfecto. Ya tenemos la fotografía que veníamos buscando. Tomamos un par de fotografías más con otros encuadres y hacemos un descanso. La calma es total y volvemos a experimentar una sensación de paz similar a la del interior de la iglesia de San Giorgio, pero mucho más intensa. ¿Quién necesita iglesias en un sitio como este? Si no encontramos a Dios o a nosotros mismos o a lo que sea que estemos buscando en Tellaro a las 6 de la mañana, no lo vamos a encontrar en ningún sitio. Comienza a llover. Recogemos el equipo y vamos a buscar una cafetería abierta donde desayunar con la sensación de que la visita a Tellaro ha merecido la pena solo por esta experiencia.

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Con la ansiada fotografía ya en la cámara, el resto de la mañana la pasamos disfrutando de Tellaro, recorriendo algunas callejuelas más y dándonos un baño en el puerto natural que descubrimos el día anterior. Una de las mejores cosas que pueden hacerse en Italia en pleno agosto.

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A mediodía recogemos nuestras cosas, cogemos el coche y nos despedimos de Tellaro. Debemos continuar nuestro camino hasta el próximo destino, la ciudad de Padua, cruzando la parte alta de la bota de oeste a este. Comenzamos a descender la sinuosa carretera que nos trajo hasta Tellaro. Cuando llevamos unos 10 minutos de recorrido y sin previo aviso, nos topamos con un letrero enorme: Eco del Mare. Reconocemos las letras al instante, se trata del mismo letrero que aparece recortado en la famosa fotografía de Luigi Ghirri. “Mare”, con el mar de fondo. Paramos el coche en mitad de la carretera y maniobramos para aparcarlo en el acceso a Eco del Mare, que resulta ser un hotel con una cala privada. Cogemos la cámara y nos colocamos en medio de la carretera para reproducir la imagen de Ghirri, esquivando de vez en cuando los coches que aparecen por ambos lados de la vía. En este caso, no hay lugar para la tranquilidad ni para la reflexión. Pero conseguimos hacer la foto. Volvemos al coche y continuamos la marcha sin creernos aún la suerte que hemos tenido.

Nos alejamos de Tellaro felices, con la sensación de que desde hoy este será uno de nuestros lugares favoritos en el mundo. En Tellaro, además de conocer un pueblo tranquilo y precioso, hemos jugado a ser Luigi Ghirri. Hemos seguido sus pasos utilizando sus fotografías como un mapa emocional, cumpliendo así, quizás, un sueño también suyo. Hemos sentido la nostalgia que nos provocaban unas fotografías tomadas hace casi 40 años, cuando nosotros ni siquiera existíamos. Hemos hecho propia esa nostalgia, reproduciendo la experiencia de Ghirri tiempo después de que el creador de esos recuerdos desapareciera. Las fotografías del italiano son ya recuerdos de nuestro propio viaje.

Continuamos hacia el este, en busca de más recuerdos de otros.

 

Agradecemos la generosidad de ©Eredi Luigi Ghirri y Archivio Ghirri por permitirnos utilizar las fotografías de Luigi Ghirri que aparecen en este artículo.

 

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Fotografías: Suspiros Magazine

 

 

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12 comentarios

  1. Genial el artículo la fotografía,,he vivido con emoción todo mientras lo leía,.Me encanta como lo disfrutáis y la intensidad que lo vivido.Sois buenísimos.

    1. Muchas gracias, Nuestra intención era que, aunque no estéis físicamente en Tellaro, podáis disfrutar de este bonito lugar en la distancia. ¡Un saludo!

  2. Con vuestro articulo hemos conocido al gran Ghirri y se nota la gran pasión que habréis puestos para seguir sus pasos verdaderamente genial el trabajo.
    Ángel Escudero

  3. Una delicia de artículo, con un rico vocabulario y extraordinaria narrativa! Saludos desde Mérida la de Yucatán.

    1. Muchas gracias Danielle por tus bonitas palabras 🙂 Hermosísima tierra Yucatán. ¡Esperamos seguir viéndote por aquí!

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