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La mitología griega recoge el imaginario de la cultura clásica de Grecia a través de una rica colección de episodios que explican su visión del mundo. Los mitos griegos dan respuesta al origen del cosmos, las pasiones humanas, los fenómenos naturales y, sobre todo, nos dan a conocer las trepidantes vidas de los dioses del Olimpo, los héroes y aquellos mortales que tienen la suerte o desgracia de cruzarse en su camino.

Qué parte hay de verdad en esta abundante amalgama de relatos es una tarea a la que los historiadores han dedicado tiempo y ganas. Después de estudiar con lupa e interpretar las fuentes de la mitología griega y romana, por lógica se ha descartado la literalidad de los episodios que contradicen las leyes de la naturaleza; sin embargo, no se cuestiona el mito en su totalidad. La mitología bebe de muchos episodios históricos reales, si bien se ha ocupado después de ornamentar con cualidades extraordinarias.

Pero si por algo han trascendido los mitos griegos a lo largo de los siglos, ha sido por ofrecer algunas de las historias más bellas y fascinantes creadas por el hombre. Esto se refleja en todas las corrientes artísticas posteriores (Renacimiento, Barroco, Romanticismo…) que han encontrado inspiración en sus historias fabulosas. Y llegan hasta nuestros días aguantando el tipo y sorprendiendo a aquellos que se topan con alguno de sus relatos.

Como el Mito de Argos que vamos a conocer hoy.

Es difícil de olvidar ya que siempre que veamos un pavo real a partir de ahora, nos acordaremos de él.

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El mito de Argo, Argos en su versión latina, parte de una de las innumerables infidelidades que Hera (Juno en la mitología romana) tenía que soportar por parte de su esposo (y hermano), Zeus. En esta ocasión, Zeus (Júpiter para los romanos) se enamoró de Ío, una doncella sacerdotisa de Hera. Para poseerla, Zeus, dios omnipotente del Olimpo, arrojará al mundo una espesa neblina, convirtiéndose él mismo en nube, para poder estar con la doncella y así no ser vistos por su esposa.

Hera los encontrará juntos y, presa de los celos, convertirá a Ío en una ternera blanca. Esta encomienda a su amigo Argo, el gigante de cien ojos, que se encargue de vigilar a la ternera noche y día.

Resulta difícil imaginar un guardián mejor que Argo, el gigante mitológico que nunca dormía, ya que por las noches descansaba con 50 ojos, manteniendo los otros 50 siempre alerta. Rescatar a Ío parecía tarea imposible.

Sin embargo, Zeus confió la misión al dios Hermes (Mercurio para los romanos), el dios mensajero, del ingenio, la astucia y la mentira. Hermes apareció en el olivo donde se encontraban Argo y la ternera, disfrazado de pastor, y se valió del dulce sonido de su flauta para adormecer por completo a Argo, momento en el que le dio muerte decapitándolo y rescató finalmente a Ío.

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Mercurio y Argos, de Diego Velázquez, hacia 1659. Óleo sobre lienzo sin forrar. Museo del Prado, Madrid, España. Hermes, a la izquierda, representado con su sombrero alado y una flauta, en el momento en que ha adormecido a Argo.

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Mercurio y Argos, de Pedro Pablo Rubens, hacia 1636 – 1638. Óleo sobre lienzo. Museo del Prado, Madrid, España. Rubens representa el momento en el que Hermes decapita a Argo, que se encuentra dormido debido a la música de flauta con la que ha hechizado al gigante.

Hera, víctima de la ira y el dolor, conmemoró a su fiel guardián Argo a través de un gesto que dura hasta nuestros días: colocó los cien ojos del gigante en las plumas del pavo real, ave favorita de Hera, para que siguiese viendo el mundo a través de los tiempos. Es por esto que la iconografía de Hera la presenta montada en un carro tirado por pavos reales, o acompañada de estos.

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Juno y Argos, de Pedro Pablo Rubens, 1610 – 1611. Óleo sobre lienzo. Museo Wallraf-Richartz, Colonia, Alemania. Rubens en esta ocasión representa a Juno (Hera) retirando los ojos de la cabeza de Argo para depositarlos en los pavos reales. Debajo, el cuerpo de Argo decapitado.

 

Ío no se libró de la furia de Hera. Ató a uno de sus cuernos un tábano que la picaba sin cesar, de manera que Ío, aún en su forma de ternera, corrió por el mundo intentando huir del insecto. Atravesó el mar Jónico, motivo por el que este mar adquiere su nombre, y sigue su periplo por el Mediterráneo y África hasta Egipto, donde Zeus le devolvió su condición de mujer.

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Juno recibiendo la cabeza de Argos, de Jacopo Amigoni, 1732. Óleo sobre lienzo. Moore Park, Hertfordshire, Reino Unido.

 

Como observamos, numerosos artistas de la talla de Velázquez o Rubens han plasmado en lienzos su propia interpretación de este mito. Una historia de pasión, celos y amistad eterna que nos hará ver al pavo real como un animal más mágico, si cabe.

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Fotografías pavos reales: Suspiros Magazine

 

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