¿Quién no ha soñado alguna vez con volar? Volar es una constante en las aspiraciones de todas las civilizaciones desde la Prehistoria, y también han sido constantes las invenciones para conseguirlo. Desde la construcción de alas a partir de estructuras de madera y plumas hasta los actuales Boeing o Airbus, contamos con innumerables intentos de adivinar la fórmula mágica para retar a la física y disfrutar de un agradable paseo por las nubes.

Pero lo cierto es que casi siempre han salido mal.

Uno de los inventos más singulares se dio en París en 1912 a manos de Franz Reichelt. Franz era un austriaco nacido en 1879 que se instaló en París desde 1900 y se ganaba la vida como sastre. Consiguió la nacionalidad francesa en 1911, cambiando su nombre a François, y se convirtió en un sastre de prestigio en la escena parisina, vistiendo a personalidades importantes francesas y austriacas residentes en la capital.

Comenzó a interesarse por los bocetos de paracaídas que se encontraban entre los inventos de Leonardo da Vinci y utilizó su pericia como sastre para dar forma a un diseño propio que le permitiese planear desde superficies altas y llegar al suelo suavemente. En 1910 comenzó a hacer pruebas con un diseño pesado de más de 60 kilos, que fue aligerando hasta llegar a los 9 kilos de tela que ocupaban una superficie de unos 32 metros cuadrados al desplegarse.

Franz Reichelt posando con su diseño de paracaídas. París, 4 de febrero de 1912

En 1910, Reichelt se anima a realizar sus primeras pruebas. Para ello utilizó maniquíes, que primero arrojó desde el patio de su edificio y después probó desde la misma torre Eiffel, contando así con una altura mayor que permitiese a su diseño desplegarse por completo. Ninguna prueba pareció funcionar, pero Franz lo tenía claro: la culpa era de los maniquíes que, al no poder abrir los brazos, no estaban haciendo funcionar su diseño.

Así que, el 4 de febrero de 1912, decide dar el salto, literalmente. Quiere demostrar que su paracaídas funciona, y para ello ya no es suficiente con maniquíes, necesita demostrarlo él mismo.

Escoge la Torre Eiffel como escenario del salto, que por aquellos entonces era el edificio más alto del mundo. Hace un llamamiento a periodistas y camarógrafos para que presencien el éxito de su diseño y puedan después atestiguarlo. Extrañamente, consigue el permiso de la policía para poder saltar, ya que en un primer momento solo tenía permiso para lanzar maniquíes. Las autoridades, eso sí, le hicieron firmar que Franz Reichelt sería el único responsable de las consecuencias de su salto en paracaídas, a lo que Franz accedió sin reparos.

Franz Reichelt junto a la Torre Eiffel el día que saltó en paracaídas. Paría, 4 de febrero de 1912

 Varios amigos que le acompañaban intentaron disuadirle, alertándole de lo peligroso de saltar desde semejante altura (unos 90 metros aproximadamente) cuando todas las pruebas hasta entonces habían resultado fallidas. A Franz parecía invadirle una sensación de confianza ciega que le llevó a contestar con estas palabras:

“Veréis como mis 72 kilos y mi paracaídas refutarán todos vuestros argumentos”

Se subió a la repisa del primer nivel de la Torre Eiffel, se aseguró de tener su paracaídas colocado correctamente y dudó. Dudó durante al menos 40 segundos si saltar o no. Pero finalmente saltó al vacío:

El paracaídas no se desplegó y Franz Reichelt cayó violentamente al suelo, muriendo en el acto. Policías, espectadores, amigos, periodistas y al menos dos cámaras presenciaron lo ocurrido.

Probablemente, gracias a la convocatoria de prensa, nos encontremos ante una de las primeras muertes reales jamás filmadas.

La policía recoge los restos del paracaídas en el lugar de la caída.

¿Qué le llevó a hacerlo de tal manera? ¿Por qué desde la torre Eiffel y no desde un punto más bajo? ¿Por qué no elegir una superficie de aterrizaje más segura?

Lo cierto es que Reichelt se tomó un tiempo de pie en la repisa, como podemos observar en la grabación, en el que parece dudar sobre si realizar su salto. ¿Pensaría en ese momento que era una locura? ¿El orgullo y compromiso con su invento le harían preso del salto? ¿Le animaría saber que dos días antes Frederick R. Law consiguió con éxito tirarse en paracaídas desde la Estatua de la Libertad? ¿Quizás el deseo de alcanzar fama y riqueza si la prueba resultaba exitosa?

Nunca lo sabremos.

Sí que consiguió fama, póstuma, a través de la prensa francesa que al día siguiente llenó sus páginas con lo ocurrido. Algunos pusieron en duda el estado mental de Reichelt, otros insinuaron que solo se le podía atribuir la mitad de la expresión “genio loco”, pero todos estuvieron de acuerdo en negar que fuese un suicidio.

Franz-Reichelt-press

Recorte de prensa francesa que se hizo eco de la muerte de Franz Reichelt.

Nadie podrá poner en duda el tesón, la determinación y la fe ciega que Franz Reichelt aportó al mundo del paracaidismo.

Aunque no consiguiese volar, sino todo lo contrario. Lo que sí consiguió fue dejar su impronta en la historia, más concretamente de 15 centímetros de profundidad en el Campo de Marte.

 

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