La Plaza Mayor de Madrid ha sido testigo de una escena insólita: un bombardeo de 100.000 poemas en formato de marcapáginas cayeron del cielo desde un helicóptero.

Esta original acción se enmarca dentro de la celebración del IV centenario de la Plaza Mayor de Madrid. Forma parte de un proyecto internacional que lanza poemas sobre ciudades que han sido bombardeadas en el pasado y utiliza la poesía como “arma” artística contra la guerra. El proyecto Bombardeo de poemas ha sido ideado y organizado por el colectivo chileno Casagrande, que ha seleccionado obras de 100 poetas contemporáneos, 50 de ellos españoles y 50 chilenos. Madrid se une así a otras ciudades bombardeadas con poesía como Londres, Berlín, Varsovia, Dubrovnik, Santiago de Chile o Guernica, todas ellas víctimas de bombardeos aéreos durante conflictos bélicos.

Crónica del bombardeo

La Plaza Mayor se encuentra llena de gente que espera expectante a que comience la acción. Puede que entre los asistentes se encuentren amantes de la poesía, pero probablemente, para muchos otros la poesía es una excusa para acudir a un evento interesante y bonito que no se quieren perder. Podemos ver grupos de amigos, parejas, familias y niños disfrutando de la Plaza Mayor en la tarde soleada y apacible que por suerte nos ha brindado esta primavera atípica.

Es inevitable caer en la cuenta de que la tranquilidad de este espacio público contrasta con las escenas que debieron vivirse en este mismo lugar años atrás. En esta misma plaza y en todo Madrid, las personas corrían, huían y se escondían, presas del miedo a los bombardeos diarios. Entonces no existía la posibilidad de simplemente estar en una plaza sentados en los adoquines y que lo más grave en la escena política fuese una moción de censura.

Aparece el helicóptero que comienza a sobrevolar la plaza y automáticamente se crea una sensación común de sorpresa e ilusión, como si fuese la primera vez que se ve un helicóptero en el cielo de Madrid. Este se sitúa en el centro de la plaza y comienza a arrojar miles de marcapáginas. Las piezas de papel pasan por encima de nosotros y siguen su curso hasta, intuimos, la Puerta del Sol. Aunque parezca increíble, no cae ni un poema en la Plaza Mayor. Qué decepción.

El helicóptero se traslada a una esquina de la plaza y vuelve a tirar más marcapáginas. Se repite la escena. Se aleja más y vuelve a intentarlo sin éxito. Parece que bombardear tiene su mérito. La gente comparte risas y abucheos. Se percibe cierta frustración. Algunos abandonan la plaza. Se van a perder lo mejor, que está a punto de llegar.

Mi reino por un poema

Cuando el helicóptero no se divisa ni de lejos y solo se adivina su presencia por el ruido, miles de marcapáginas entran en el perímetro de la Plaza Mayor. Milagro. A medida que van bajando y están al alcance de la gente, se crean grupos apiñados con un único objetivo: atrapar el marcapáginas. Como sea.

Da igual que tengas 80, 30 o 7 años. Todo el mundo parece estar invadido por un instinto primitivo de caza de celulosa y versos. Qué fácilmente se pierden las formas cuando el de al lado se desmelena. La gente comienza a correr. Saltar. Empujar. Dar manotazos. Todo vale hasta que alguien apresa el marcapáginas a mano cerrada. Momento de identificar un nuevo separador y vuelta a la caza.

Y todo por un pedacito de papel. Pero después de conseguirlo, se producía una escena mágica que todos compartían: se paraban en seco para descubrir qué poema había caído desde el cielo a sus manos, como si los propios poemas escogieran a sus destinatarios, como si sus mensajes estuviesen creados para ellos.

Una fórmula muy acertada en la que se experimentó unión, complicidad, humor, alegría y arte. Los poemas fueron, para todos los asistentes, un objeto esperado e ilusionante.

Algunos de los poemas lanzados: Carlos Pardo, Mercedes Cebrián y Samuel Espíndola

Aquí, 3 de los poemas que se lanzaron:

Carlos Pardo (Madrid) ANTROPOLOGÍA

   Cambian los mitos pero ésta
   sigue siendo la tierra
   donde florece el limonero,
   a pesar de que nadie lo encuentre significativo

   porque también florece el cardo
   sin vigilancia
   excepto del pincel que lo reduce a un plano.

   Pero ésta es aún
   la morada del mito.

   O cielo abierto tóxico
   y no morada.

   Una orilla del mundo conocido
   donde florecen indiferenciados
   el cardo, el limonero.

Mercedes Cebrián (Madrid)

   Como por arte de magia

   se ha curado la niña, su cuerpo
   está libre de úlceras y ahora
   puede andar, como una muñeca
   a pilas. Donde ayer hubo calvicie
   hoy nace pelo; eso es también milagro
   y se considera
   positivo. Es bueno que ande
   la niña, aunque nos preguntemos
   para qué y sobre todo, ¿hacia dónde camina?
   ¿Y qué nos dice el pelo con su crecimiento?

   No faltan sucedáneos de milagros: toneladas
   de panes y peces, pero ultracongelados,
   en rebanadas que ni siquiera crujen
   al morderlas
   – milagro entonces para qué.

   Si te pasas la estampita
   de Monseñor Escrivá de Balaguer
   por las zonas dañadas, algo te ocurrirá – afirman
   los que creen
   en la sanidad de alguien que nació cerca del Pirineo.
   Milagro o hecatombe da igual, pero algo ocurre.

 

Samuel Espíndola (Santiago de Chile)

   primero aparecieron carpas en el colador del café
   que pete martell ofreció al sheriff y a dale cooper
   humores extraños obstruyeron las cisternas
   anguilas gelatinizaron el agua de las cañerías
   desovando sin control abrevaderos de animales
   se supo de cabezas de caballos ahogados
   el cerebro les hervía de pardos pejerreyes
   su pestilencia persiste todavía en los establos
   bidones de formol llenos de fetos y órganos
   enfermaron de males oceánicos
   se llenaron de algas y percebes
   tubérculos extraños atestaron las pocas piscinas
   que en este pueblo frío se habían convertido en lodazal
   en las melancólicas lavadoras del hospital
   se hizo común ver tiburones nadando entre las sábanas
   manchadas por los muertos
   en la zona lacustre cercana a las cascadas crecieron
                                                                              árboles
   cuyas profundas raíces hicieron emerger del pantano
                                                                     carabelas de metal
   lápidas sin nombre maniquíes sin rostro
   restos cretácicos que precedieron al final del fenómeno
   la aparición del auto de marion crane
   y en la maleta su cuerpo envuelto en crinolina
   dejaba todavía traslucir
   las pupilas dilatadas
   por el grito

 

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